viernes, 28 de octubre de 2016

Voz sin sonido – A quien corresponda.


Artículo de opinión
Alma Rosa González Herrera

Estimado lector, una vez más se encuentran tu mirada y mi voz plasmada en estas cuartillas, te agradezco de antemano la atención que preste a ellas y te invito a reflexionar sobre lo aquí expuesto.
Ayer tuve la necesidad de salir al centro de la ciudad a realizar algunas compras; acompañada de mi hija y mi nieto. Después de lograr nuestro objetivo, encaminamos nuestros pasos hacia el mercado Hidalgo, al llegar a la fuente, grande fue mi sorpresa al encontrar sentada bajo una pequeña palmera a mi amiga la antropóloga Rocío Aguilera, inmediatamente salió de mis labios: —Hola, ¿cómo estás?, ¿qué haces?
—Aquí saboreando una rica comida, ¿gustas algo?, ¡todo está muy sabroso!
Le di las gracias por su amable ofrecimiento y le expliqué que tenía poco tiempo de haber comido, pero mi nieto quiso comer un tamalito de chícharo y me senté junto a Rocío a esperarlo; mientras mi hija permanecía de pie.
Conversamos de varios temas. De pronto, mi mirada es atraída por un señor que llega y se sienta en la banca que está junto a mi amiga la antropóloga. Pasan algunos minutos y se le acerca una señora de las que venden comida, con un plato desechable, cuyo contenido era un adobo que a simple vista me pareció delicioso, tal vez el aroma de los guisos que ahí se exhiben y ver a mi amiga saborear con fruición: un bistec empanizado y unas tortas de venas de chile verde con huevo, hicieron que el apetito empezara a manifestarse al mismo tiempo que me remontaba a los años de mi infancia cuando mi padre pedía cada vez que mi madre hacia chiles rellenos, sus tortas de venas de chile verde. Recuerdo que le pedí una torta porque el aroma que despedían era irresistible, sabía que eran hechas especialmente para él. Eso las hacía más atractivas, aunado a que las comía con tanto gusto aumentando mi antojo. Solo alcancé a comerme un pequeño pedazo. La terrible sensación quemante en la boca, me hizo escupirlo y correr a tomar agua, que por más que tomaba, lo enchilado no desaparecía, me vi obligada por un buen rato a tener la lengua de fuera espolvoreada de sal.
La voz de Rocío me volvió a la realidad. —Pide algo, todo está muy rico, tienen toda clase de tamales, púlacles y bollitos, chiles rellenos, diferentes guisos, enchiladas de todas, tacos de guisados, patitas capeadas, variedad de ensaladas. La invitación era tentadora, anteriormente ya había escuchado elogios sobre la comida de la fuente, pero en ese instante hubiera sido gula ya que aún no digería la comida.
En ese instante reparé en el señor que comía el adobo. Se retiraba, dejando sobre la banca el plato desechable con restos de comida. Todas las bancas estaban ocupadas por personas que comían deliciosos platillos que ahí se venden.
Pero también vi: que no levantan la basura que dejan los clientes, que los perros deambulan entre los que están comiendo y los que ofrecen los alimentos, el piso sucio, lleno de basura (desechables). Al único que vi levantar su basura es un joven que vende aguas frescas, para lo cual trae una bolsa negra colgada de su carrito.
Las personas que ofertan sus alimentos se desviven por atender a los clientes y las mujeres se cubren la cabeza con un tocado para evitar la caída de cabello sobre los alimentos.
Hay algo que me inquietó, y es el hecho de que las canastas y demás recipientes en que llevan los comestibles se encuentran en el piso; sobre el que caminan los transeúntes, pensé en las muchas personas enfermas que transitan y que escupen sin ningún miramiento a lo que ahí se vende. Pero ¿qué pasa con esa saliva? El Sol la seca y el aire se encarga de esparcirla y lógicamente que se deposita en las canastas que aunque tienen servilletas, eso no impide que los microbios y bacterias patógenas se infiltren, lo mismo sucede al destapar los recipientes, provocando la contaminación y enfermedades en quien los consume.
Es por eso que me dirijo a quien corresponda; no busco lucirme, llamar la atención, no busco poner en evidencia a ninguna autoridad, ni tampoco criticar, ni perjudicar a quienes venden alimentos, solo pretendo que tengan un espacio en mejores condiciones, un lugar digno en el que se sientan a gusto y los turistas se lleven buena impresión y quienes consumen los alimentos no corran riesgos.
¿Por qué hago esto? Porque el motor de mi vida es ser útil a la sociedad papanteca y que la ciudad que me ha visto crecer, reír, llorar y envejecer sea cada día más culta y hermosa, contribuyendo para ello con mi granito de arena. Por lo que sugiero que se les construya a las personas que venden alimento en la fuente un lugar digno, porque es denigrante la forma en que lo vienen haciendo actualmente (en el suelo), es antihigiénico y da mala imagen a nuestra ciudad.
Otra sugerencia es: quitar la fuente que es antiestética, no tiene nada de bonita. ¿Y para qué se van a tener allí tortugas o peces que no tendrían las condiciones adecuadas para su supervivencia? Esto ya lo vimos en el pasado, indefensos, sin poder decir: tengo hambre, el agua sucia me asfixia, el sol me quema. Puede suceder que alguien tome la fuente como bandera para llamar la atención, pero yo creo que no se deben agarrar a sombrerazos, llamar a esa gente y dialogar con ellos explicando ampliamente lo que se pretende hacer y porqué, ellos tienen derecho a saberlo. La construcción debe de ser funcional, sencilla y bonita, que no tape la luz y vista del mercado, sugiero se construya en los laterales de ese espacio y que se adorne con arbustos como la reseda, jazmines y limonaria, dan sombra y perfume.

Si usted o ustedes toman en consideración este escrito, propongo para llevar a cabo esta pequeña obra al arquitecto José Guerrero Buil, que es integrante del Comité Pueblos Mágicos. Algo importante es que si se deciden a hacer esta transformación se les explique ampliamente a los interesados para evitar malos entendidos. Deseándoles paz y armonía en todo lo que les rodea se despide de ustedes.   

Alma Rosa González Herrera.